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agua y sostenibilidad

Desalinizadoras en España, el futuro del agua

Enero 2019

Aunque conocemos a la Tierra como “el planeta azul”, tan solo un 1% del agua que contiene es apta para el consumo humano.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF, alrededor de 2.100 millones de personas en el mundo (o sea, tres de cada diez) carecen de acceso a agua potable y disponible en el hogar, y 4.500 millones de personas (seis de cada diez) no disponen de un saneamiento seguro.

Esta situación debería empeorar en las próximas décadas, debido al cambio climático y a las previsiones de crecimiento demográfico, que vaticinan que en 2050 la población del planeta podría alcanzar lo 9.700 millones de habitantes, frente a los 7.500 millones actuales. Por aquel entonces, se estima que cerca del 40% de la población mundial, es decir, cerca de 3.900 millones de habitantes, vivirá en zonas con estrés hídrico severo, indica la OCDE. Ante este escenario, la desalinización se está afianzando como una de las soluciones a largo plazo frente a los problemas de abastecimiento de agua


¿Qué (y cómo) es un proceso de desalinización?

Aunque existen varios procesos para desalar el agua de mar, el más utilizado es la ósmosis inversa. ¿En qué consiste? Cuando dos líquidos de diferente concentración están en contacto, tiene lugar un fenómeno llamado ‘difusión’, por el que se tiende a igualar la concentración de las dos soluciones. Si en vez de dejar estos dos líquidos juntos, los separamos por una membrana semipermeable, el líquido de menor concentración atraviesa la membrana hacia el de mayor concentración. Esto sería la ósmosis. 

En la ósmosis inversa, ocurre lo contrario. Al líquido de mayor concentración se le aplica una presión de 70 bares, consiguiendo que sea el de mayor concentración el que atraviese la membrana en dirección al del de menor concentración.  

 

Técnicamente, el proceso de una planta desalinizadora sigue los siguientes pasos. En primer lugar, un sistema de bombeo extrae agua salada del mar hacia la planta. Después de eliminar las impurezas (arenas, aceite o plancton), el agua se somete al proceso de ósmosis inversa, presurizándola para que atraviese las membranas semipermeables. Este proceso requiere una gran cantidad de energía, pero también contribuye a generarla. De hecho, el 95% de la energía proveniente de la presión de la corriente de rechazo se recupera para volver a presurizar el agua de mar a desalar. Al finalizar el proceso se obtienen dos corrientes: agua dulce y salmuera. El agua dulce se remineraliza para que sea apta para el consumo humano, antes de enviarla al sistema de distribución.

El caso de España

Como recalca el SINC, el Servicio de Información y Noticias Científicas, las sequías son un fenómeno muy común en la cuenca mediterránea y uno de los que genera más consecuencias negativas para la sociedad, actividades económicas y ecosistemas. “Lo que se está viendo durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI es un aumento en la recurrencia de los fenómenos extremos, tanto de años secos como de años húmedos”.

Y las predicciones no son mucho mejores. Como indica este reciente artículo de El Confidencial, citando un estudio elaborado por el Observatorio de Sostenibilidad, en 2050 solo las Canarias occidentales, la Comunidad Valenciana y Navarra experimentarán incrementos en las precipitaciones. Pero, ¿qué le espera al resto de España? “Las lluvias se harán más escasas precisamente donde más llueve, alcanzando reducciones máximas en la Galicia interior, Lugo y Ourense, con reducciones de más de 500 mm anuales, lo que supone llevar su precipitación media anual a valores inferiores a la mitad de la actual”, indican en el artículo los expertos del Observatorio de Sostenibilidad. 

En este contexto, el crecimiento de la desalinización se ha triplicado en la última década en España, pasando de los 300.000 metros cúbicos producidos al día en 1990 hasta los casi tres millones actuales. Dicho volumen se produce en las más de 900 plantas desalinizadoras repartidas por las costas españolas

Innovación y desalinización  

La geografía española ofrece unas condiciones ideales para la implantación de plantas desalinizadoras gracias a sus más de 7.900 kilómetros de costa. Además, los procesos españoles son todo un referente a nivel mundial, ya que trabajan en la reducción del consumo de la energía y del impacto medioambiental.

El consumo de energía se ha  reducido a pasos agigantados en las últimas décadas gracias al I+D. Desde la primera desalinizadora que se instaló en España, hace ya más de 50 años, se ha conseguido reducir el consumo de los 20 kW-h/m3 de entonces a los 3kW-h/m3 actuales, gracias en parte a los sistemas de recuperación de energía.

Lo mismo ocurre con el impacto ambiental. Tanto los estudios previos como los de seguimiento posterior demuestran que las desalinizadoras no están produciendo un impacto negativo detectable sobre el mar y los organismos. 

El coste de los materiales necesarios para poner en marcha las plantas también se ha reducido considerablemente, transformándolas en una alternativa real, e incluso más económica, que el agua “normal”. Como explica Baltasar Peñate, jefe del departamento de agua del Instituto Tecnológico de Canarias, en este artículo de El País, hace 25 años “una membrana para el proceso de desalación podía costar 2.000 dólares; ahora la tengo por 800 dólares. Y el gasto energético ha caído desde 2000 del 50% del coste total a un 30%”. 

Muestra de esta innovación, según publica ABC, es el modelo de la isla de Gran Canaria, que ha despertado el interés de la empresa pública de agua de Corea del Sur. Representantes y técnicos de la entidad asiática ha visitado la isla en 2018 a fin de conocer los sistemas canarios de abastecimiento de agua. Los surcoreanos quieren importar el modelo canario a Jeju, isla declarada Maravilla Natural del Mundo en 2011 y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que se encuentra en la misma situación que Gran Canaria en la década de los 70: desabastecimiento en los pozos, insuficiencia de recursos en las presas e inviable construcción de nuevos embalses para abastecer el crecimiento urbano y turístico. El modelo por el que optó Gran Canaria le permite producir, cada año, más de 100 millones de metros cúbicos de agua, un 90% de la consumida por la población.