Green finance

Los tres pasos hacia un ecosistema financiero verde

Febrero 2017

Fomentar instrumentos creativos tales como los bonos verdes, hacer visibles los costes ambientales de una empresa y recompensar los buenos ejemplos.

Como ya hemos comentado en otras ocasiones, para avanzar realmente hacia una economía verde, hace falta involucrar al sector financiero y crear un ecosistema inversor que piense en verde. ¿Cómo? Según el Instituto de Liderazgo para la Sostenibilidad de la Universidad de Cambridge, hay tres pasos principales.

En primer lugar, los bancos y otras entidades financieras deben encontrar formas más imaginativas de canalizar el dinero hacia proyectos ambientales. Una solución creativa y popular que combina rentabilidad financiera con respeto por el medio ambiente radica, por ejemplo, en los denominados bonos verdes. Estos títulos son esencialmente préstamos que hacen los inversores para financiar la construcción de plantas de energía eólica o solar e instalaciones de producción de energía sostenible. Son muy populares entre los grandes inversores institucionales, como los fondos de pensiones. El mercado ha registrado un crecimiento explosivo de estos bonos y este año se estima que se invertirán en ellos más de 130 mil millones de dólares. Un gran avance comparado con los 23 mil millones de dólares que se invirtieron en 2013.

"Son señales muy positivas", comenta Andrew Voysey, director del Instituto de Liderazgo para la Sostenibilidad de la Universidad de Cambridge, "muestran que si se encuentran las herramientas adecuadas para que los inversores capitalicen su capital, las inversiones fluyen muy rápidamente".

Muchos países usan los bonos verdes para financiar iniciativas de eficiencia energética. China es de lejos el mayor emisor. La previsión de Pekín es vender 400 mil millones de dólares en bonos verdes para invertir en innovaciones tecnológicas que pueden reducir el consumo de energía de las empresas y de las familias durante la próxima década. En México, por otro lado, los usan para pagar la instalación de alumbrado público de bajo consumo de energía, así como para financiar la sustitución de electrodomésticos ineficientes. Australia ha puesto en práctica un programa similar para implementar la eficiencia energética en las administraciones locales, en la sanidad y en la agricultura.

El otro paso es reconocer el coste ambiental de una actividad empresarial. Actualmente, la economía mundial gira en torno a la regla de "tomar, fabricar y desechar", que se basa en una visión excesivamente estrecha de cuál es el coste real de un determinado tipo de negocio. Esto significa que los inversores apuestan por una empresa independientemente de su impacto ambiental. Medir los costes ambientales podría ser útil para evaluar una inversión y elegir aquella que sea más sensible a los problemas ambientales.

Y para hacer esto, hace falta involucrar a los bancos, a los inversores y a las autoridades reguladoras. Por ejemplo, en algunos países, los bancos actualmente requieren que sus clientes comerciales cumplan con ciertos estándares ambientales como condición para hacer negocios. El banco comercial chino ICBC, por ejemplo, supervisa a sus clientes potenciales para verificar si corren el riesgo de violar las normativas relativas a la contaminación del aire. Los bancos franceses también están empezando a realizar a sus clientes una especie de "pruebas de estrés" relacionadas con el clima. Y en más de 30 bolsas de valores en todo el mundo, se está trabajando para que los registros medioambientales de las empresas cotizadas sean visibles para los inversores.